martes, 8 de febrero de 2011

Creía en los cuentos

A Margot le encantaba, que le contasen cuentos, bajo la luz de la lámpara dorada de su mesa de noche y al lado del calor que desprendía la leña al quemarse, en su estufa de marfil. Le encantaba, por que los finales de sus cuentos, eran todos felices, el príncipe besaba a la princesa, y los males acababan. Su madre, siempre le tendía un beso, en la mejilla, que le dejaba atisbos de carmín rojo.
Pero Margot creció, y comenzó a elaborar sus propios cuentos, su propia vida. Alejada de aquella lámpara de marfil, y de aquel calor, que le invadía cada parte del cuerpo. Y se dio cuenta, de que ninguno de aquellos cuentos, se cumplía en ella.
Ella también se sintió con una corona dorada, se sintió sentada en un trono, y se sintió rozando sus labios fríos, con aquel príncipe de cuento y de novela. Sentía todo aquello, y en su oído, aún podía oír la voz de su madre, suave, tierna, prediciendo cada final.
Pero la vida pasó y Margot nunca fue aquella princesa de cuento. Perdió su zapato de cristal, pero nadie se lo devolvió y quedó llorando en su habitación. Nadie la despertó de su sueño, con un beso. Nadie la llevo al baile de fin de curso, ni le dedicó un beso en un portal oscuro.
Pero la esperanza, que tenía de niña, aún no se acabó. Cada día esperaba sentada en la repisa de la ventana, viendo la lluvia caer y imaginando a su príncipe, con su zapato de cristal, el beso, el baile, y su voz tierna, susurrándole al oído “Te quiero”.
La vida de Margot, acabó entre lágrimas, pétalos esparcidos sobre su cama, velas apagadas y en mitad de su cama, yacía un libro abierto, el primero que le leyó su madre. Bajo aquellas palabras, de “Tuvieron un final feliz  y comieron perdices”, ella había escrito unas palabras, con el carmín rojo, con el que le besaba su madre, cada noche, y con el que esperaba puesto, a su príncipe imaginario.
. “Mi final de cuento, es el sueño eterno, un sueño que nunca viví”.
Y antes de abandonar aquella vida, en soledad, le pareció escuchar la voz de su madre, en el oído, diciendo aquella monótona frase “Érase una vez”.

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